El ayuntamiento de Limoges, ventana que anuncia la noche

 

Resulta difícil comprender que ya bien entrado el siglo XXI se sigan cometiendo atentados contra el patrimonio artístico como el recientemente acaecido en Limoges, en el que en un acto más destructivo y lleno de odio que de reivindicación, unos vándalos enmascarados de manifestantes, incendiaron su ayuntamiento, que era un referente de la ciudad y del eclecticismo francés, estilo que inspiró a buena parte de la arquitectura europea de las últimas décadas del siglo XIX.

El Ayuntamiento de Limoges, al igual que el de París, estaba catalogado como monumento histórico desde 1975. Es precisamente en este último en el que se inspira directamente, ambos van muy parejos en el tiempo. El parisino sufre un gran incendio durante la comuna de París en 1871 lo que obliga a una total reconstrucción (1879-1883) en estilo neorrenacentista emulando el anterior. El de Limoges fue inaugurado también en 1883 gracias a la inestimable donación económica del mecenas lemosín Alfred Fournier fallecido en 1875.

Limoges a finales del siglo XIX era una próspera ciudad burguesa, gracias al caolín de sus sierras que le permitía producir una cerámica blanca de gran calidad en sus numerosas fábricas, a lo que sumaba una tradición orfebre desde la Edad Media. Así, cuando la ciudad recibe legado de Alfred Fournier se decide construir un nuevo ayuntamiento. Para ello se convoca un concurso nacional (1877) del que resulta ganador Leclerc, muy conocido en los círculos oficiales de la III República, como lo demuestra el hecho de haber sido arquitecto jefe de palacio de Versalles o de la finca Saint Cloud, también incendiada en 1870.  Sin embargo, será el edificio que nos ocupa su obra más importante y la que más va a influir en la arquitectura de la época.

Leclerc proyecta la obra de planta rectangular y tres cuerpos, siendo central de mayor tamaño; en cuanto a la altura, lo dota de planta baja, planta noble y cubierta mansarda de pizarra, torre del reloj y campanario.

El arquitecto crea un edificio de una gran claridad con el predominio de la línea recta y la simetría, así como con un ritmo muy marcado en la fachada debido a las ventanas francesas y las columnas corintias de la primera planta.

En el cuerpo central es el lugar donde se establece el mayor foco de atención a través de una decoración llena de referencias a la República y a la historia de la ciudad en la que interviene el escultor Tony Noël y el mosaicista italiano Facchina.

Este programa decorativo se concibe en un estilo ecléctico de inspiración neorrenacentista. En el tímpano del arco de medio punto de la puerta de acceso, una cartela de inspiración heráldica custodiada por dos putti encierra dos “L” contrapuestas, quizás por reminiscencias monárquicas. En la parte superior del arco bajo un cuerpo con frontón que marca la simetría, una cartera similar con decoración vegetal y el monograma “RF” (República francesa) obligatorio en los edificios de la III República. Ya en el ático, cuatro medallones con bustos de hijos ilustres de la ciudad, entre los que se encuentra el famoso esmaltador Leonardo Lemosín, realizados por Facchina en la técnica italiana de esmalte y tésalas doradas apreciadas por su brillo, custodian el escudo de armas que sintetiza la lealtad de la ciudad con el rey a través de las tres flores de lis y con su santo patrón con el anagrama, “SM” (Santus Martial); San Marcial fue el fundador y el primer obispo del Limoges.

En el mismo eje que el escudo se alza la torre del reloj, al cual enmarcan dos pequeñas columnas corintias. En la parte superior una cartela de mármol negro con la inscripción en dorado “LEMOVICES” en referencia a la tribu celta que dio el nombre a la ciudad. Sobre el cuerpo cúbico que alberga el reloj, otro trapezoidal rematado en un frontón y con una cartela recoge la fecha de “1882”. Remata el campanario con un armazón de hierro y zinc ornamental que sostiene la campana laica que, en Francia desde la República, se colocaba en los ayuntamientos como símbolo del poder civil frente a las campanas de catedrales e iglesias símbolo del poder religioso.

 

Este trozo de historia y belleza, al que habría que añadir los daños del interior como la escalera de honor, pinturas, documentos, etc, han desaparecido para siempre y no volverá a ser igual.

 

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