La pintora Olga Reinoso

CuadoLa obra que avala la rúbrica de Olga Reinoso siempre concita interés, porque la pintora, con un largo bagaje propio, sabe sorprender con su capacidad para expresar sus planteamientos mediante un lenguaje deliberadamente sencillo y preciso que transmite cercanía.

Esta sugerente exposición se nos muestra como uno de sus trabajos más significativos porque la artista, exigente con el oficio, no ha dudado en enriquecerla con nuevos matices y revisar algunos conceptos. Todo sin renunciar a sus reflexiones más intimas y sin perder esa mirada tan propia de la que siempre hizo gala.

Hoy, la pintura de Olga Reinoso, vuelve a destacar porque en ella no descuida ningún aspecto para conformar una muestra rica y fecunda. Sus fuentes no son otras que las propias convicciones mantenidas a lo largo de su trayectoria artística. No sorprende, pues, que haya preferido apostar por una realidad visual en la que cada objeto es descrito con esmero hasta en el más pequeño detalle. Su inspiración surge del contacto con la inmediatez cotidiana de los cosas. En esta ocasión elige el bodegón como única temática, componiendo un conjunto de obras atractivo que pone de manifiesto no solo su capacidad compositiva, sino también su fascinación por la forma. A esto se une su sensibilidad para obtener diversas gradaciones cromáticas que en ocasiones exaltan la luminosidad de las frutas y las telas, mientras que en otras atemperan el contraste entre los objetos que destacan casi de manera escultórica y sus fondos más neutros.

Una vez más ha utilizado con pericia sus registros pictóricos para seducirnos con su personal aproximación a una singular visión de lo cotidiano construido con fragmentos que ponen de manifiesto su versatilidad para crear un amplio catálogo lleno de sutilezas. Así, ha logrado que su concepción naturalista reforzada por la fusión de elementos formales y coloristas se convierta en un homenaje pictórico vivo a lo que otros llaman “naturaleza muerta”.