El monasterio de Santa María de Melón

El monasterio de Santa María de Melón, cumpliendo con los requisitos que los monjes demandaban, se ubicaba en una hondonada boscosa y bien irrigada, próxima al río Cerves y protegida por los montes Faro y Carbela.

Allí durante siglos – su fundación tendría lugar en año 1142 en base a un privilegio otorgado por el rey Alfonso VII protector del monasterio – ha permanecido como una lección inscrita en el paisaje hasta que en el siglo XIX la exclaustración de los monjes y la desamortización lo llevaron al olvido y al estado ruinoso en que se encuentra, a la espera de ser restaurado.

La incorporación del monasterio a la Congregación de Castilla en 1506 supone un cambio en su historia, pues pierde cierta autonomía económica y sufre una profunda remodelación desde el punto de vista arquitectónico que borra gran parte de los vestigios de la próspera abadía medieval. Sin embargo, aún hoy, a pesar del deterioro, se puede apreciar que sí persistió la sobriedad arquitectónica tan valorada por San Bernardo y reforzada por la influencia del herreriano que se deja sentir como lo atestigua el claustro de la portería.  Los restos conservados de las bóvedas estrelladas y los arcos de medio punto nos permiten hacer una valoración aproximada de la calidad del claustro de las procesiones, también del siglo XVI.

La iglesia del monasterio fue, sin lugar a dudas, la construcción más monumental e interesante del conjunto lo que la convertiría en un referente de la arquitectura cisterciense de Galicia. Iniciada en pleno románico en la segunda mitad del siglo XII, a medida que va avanzando la construcción y con la llegada del nuevo siglo, se comienzan a introducir elementos de transición que, a la vez que encarnan el ascetismo y la simplicidad cisterciense, abren el camino hacia el nuevo estilo: el gótico, que tanto deberá a los monjes blancos. Los siglos XV y XVI pondrán el broche con la construcción de bóvedas estrelladas, ya que las intervenciones llevadas a cabo durante los siglos XVII y XVIII son de carácter secundario. A finales del siglo XIX sufrió una lamentable mutilación a causa de un rayo que derribó las naves longitudinales. Cuando se restaura en 1894, inexplicablemente se decide prescindir de la parte destruida y proceder a la construcción de una nueva fachada a la altura del primer tramo del cuerpo longitudinal transformando en atrio el resto. Las partes que se han conservado – la cabecera, el crucero con una capilla adosada en uno de sus brazos y el primer tramo de la nave central – configuran la actual iglesia parroquial del pueblo de Melón.

A pesar de los desaciertos cometidos se ha de admitir que lo que hoy se mantiene – reconocidas las deudas estilísticas con Santiago y Oseira – se muestra como un catálogo de los diferentes estilos artísticos que afectaron a las construcciones del monasterio en sus momentos de máximo esplendor.

Sin lugar a dudas, la belleza y el interés de la iglesia de Melón se centra en su cabecera con un fuerte vínculo con la de Oseira, tanto en el esquema funcional como en las soluciones formales. Aunque de menor tamaño, no desmerece a la ursariense. Muestra de ello es la propia girola definida por columnas exentas con sencillos capiteles inspirados en temas vegetales como la cisterciense hoja de agua y los arcos apuntados que de ellos arrancan y que subrayan su elevación.

Entre otras construcciones de interés que completan el conjunto, se pueden destacar el arco de acceso que delimita el espacio estrictamente monástico y el palomar. El primero presenta un cuerpo central custodiado por dos pequeños torreones cilíndricos y rematado en un frontón quebrado que alberga una hornacina con la imagen de la Virgen. El segundo, aunque de fecha más tardía, es una construcción de piedra bien labrada que acoge centenares de nidales en su interior.

Hoy como ayer en Santa María de Melón, los sonidos de la naturaleza impregnan las horas de silencio que ayer se cernían sobre el activo y rico monasterio y hoy lo hacen sobre la monumentalidad de sus ruinas, a la espera de una deseada y pronta restauración que las salve de la desaparición y las convierta en un nuevo lugar en el que se conjugue la cultura con una puesta en valor que dinamice la zona. 

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