Monumento conmemorativo al Padre Feijóo

En la segunda mitad del siglo XIX comienza a extenderse la moda de erigir estatuas propiciadas en muchos casos, por los cambios urbanísticos que dan lugar a la aparición de nuevas plazas y jardines que se decoran con este tipo de monumentos. El gusto por los apolos y las dianas cazadoras de otros tiempos fue desviándose hacia el homenaje al hombre ilustre, preferentemente del lugar. Ourense inicia esta moda con cierto retraso y lo hace para conmemorar el segundo centenario del fallecimiento del Padre Feijoo, orensano de nacimiento y figura señera de la Ilustración española.

En 1875 la prensa de la ciudad comienza a especular con la posibilidad de dedicarle al benedictino un modesto monumento. Al año siguiente ya aparece constituida una comisión encargada de honrar la memoria del Padre Feijoo, que solicita permiso al ayuntamiento para erigir un monumento en la plazuela de Isabel la Católica y en parte de un terreno expropiado a la huerta del seminario. A la vez le pide que acondicione la zona. Este acuerda acceder a lo solicitado además de contribuir con una ayuda económica de mil quinientas pesetas, que le entrega al marqués de Leis como presidente de la comisión, y a adornar e iluminar la casa consistorial.

La realidad de todo este proyecto se redujo a la colocación de la primera piedra y a pensar en la posibilidad de hacer algo más grandioso. Para ello se abre un concurso de proyectos al que concurrieron varios artistas. Transcurridos varios años y muchos desacuerdos, se opta por el escultor catalán Juan Soler y Dalmau, conocido sobre todo por sus obras de imaginería.

El monumento se halla rodeado por una verja obra del herrero Antonio Anta. El pedestal, que es de granito, se debe a un proyecto del arquitecto Zabala; tiene planta cuadrada y en cada una de sus caras lleva una placa de hierro sobre cartela de granito adornada con pequeñas ménsulas y rematada con frontón. Corona el pedestal un friso que tiene como elemento decorativo la hoja de hiedra y un voladizo también de inspiración vegetal, sobre este se yergue la figura del Padre Feijoo ataviado con amplio sayal, cogulla y cubriendo su cabeza un bonete. En la mano derecha sostiene una pluma y en la izquierda su obra más representativa: Teatro crítico universal.

El monumento en su conjunto está dentro de los esquemas y gustos de la época a pesar de que la escultura, realizada en bronce y con una altura cercana a los tres metros, recibió en su momento críticas negativas por la rudeza del rostro y por alejarse del modelo físico y espiritual del monje que ha llegado hasta nosotros a través de grabados, mascarillas y escritos.

En marzo de 1887, once años después de la primera iniciativa, la comisión promonumento pide de nuevo al ayuntamiento colaboración económica para la inauguración del monumento que iría acompañada de un certamen literario y musical, fuego artificial y volador de una noche, así como la puesta en marcha de una lámpara de arco voltaico propiedad del instituto de segunda enseñanza. Después de un tira y afloja entre el ayuntamiento y la comisión por discrepancias en las cantidades demandadas por esta, se llega a un acuerdo.

En el mes de septiembre se celebraron varios días de fiesta y la inauguración fue brillante. El certamen literario estuvo presidido por Emilia Pardo Bazán y hubo concursos orfeónicos y una exposición de ganado. La catedral, adornada con un cortinaje que el ayuntamiento había adquirido para los funerales del rey Alfonso XII, acogió las honras fúnebres del homenajeado siendo el autor de la homilía Marcelo Macías.

El broche final sería la entrega del monumento al ayuntamiento por parte de la comisión organizadora que tenía lugar en el mes de noviembre después de sendos escritos de cada una de las partes. El primero, el enviado por la comisión, es un auténtico testimonio del espíritu de la estatuomanía decimonónica en el que no faltan expresiones como “… recibió del pueblo de Orense el honroso encargo de erigir un monumento que perpetuase entre las generaciones venideras la memoria del más ilustre de sus hijos…” o “…son los monumentos de esta clase, expresión la más acabada y perfecta de la refinada cultura moderna, y comprendiéndolo así las poblaciones importantes muestran a porfía el notabilísimo empeño de honrar aquellos de sus hijos a quienes las posterioridad señala el lugar prominente en el Templo de la gloria…”. El alcalde contesta que se ha acordado por unanimidad aceptar el legado y atender a su conservación.

El 10 de noviembre de 1887 se lleva a cabo el acto de entrega al municipio en el lugar donde se alza el monumento y haciendo constar, por parte de la comisión, que no tiene ni el más pequeño desperfecto, que los jardines donde se ubica están renovados y esmeradamente cultivados con plantas de adorno y macizos y que las fachadas de los edificios circundantes, como el instituto o seminario, fue-ron embellecidos por sus propietarios a petición de la comisión.

Más de un siglo después, el monumento al Padre Feijoo sigue siendo un referente en la ciudad, gozando del privilegio de apenas haber sufrido alteraciones. Solo en 1936 el ayuntamiento añadió una placa, en la parte inferior del pedestal, en honor de Gregorio Marañón como reconocimiento a sus estudios sobre el benedictino, que recoge en su obra Las ideas biológicas del Padre Feijoo. Esta placa fue arrancada durante la guerra civil y colocada de nuevo años más tarde.

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