Buciños. La soledad del esfuerzo creativo

Próximamente la fundación Piñeiro, en colaboración con la universidad de Santiago, inaugurará en el Centro Cultural de la Diputación de Orense una exposición en la que el escultor Buciños, su obra y su entorno de trabajo cotidiano serán los protagonistas.

La muestra nos permitirá acercarnos a ese lugar donde el escultor afronta a la soledad que precede al esfuerzo creativo, cuando solo ante la materia, en ocasiones difíciles de domar, busca y medita los recursos para explorar una realidad que a veces se escapa a la percepción. Ese silencio incómodo, delator, que enfrenta al artista con la materia aún sin definir y, por momentos, con la insatisfacción de creer no alcanzar plenamente lo que bulle en su cabeza. Pero al final tras explorar diversas posibilidades llega el momento en que la creatividad fluye y a ella le seguirá el proceso de esa sabia mezcla que supone el riguroso trabajo y la imaginación y es entonces cuando nace la obra y a través de ellos se va labrando su propio estilo.

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Un estilo muy trabajado en el que no encontramos los giros ni los vaivenes de las modas, sino una sólida personalidad que solo se ha permitido, a lo largo de los años, el perfeccionamiento en aquellos aspectos formales que le permitían avanzar en la aplicación de la oquedad y el movimiento y como consecuencias de las formas más etéreas.

La exposición con un enfoque diferente de lo que suele ser habitual, nos permitirá ver a este artista, hito de la escultura gallega de los últimos cincuenta años, desde otros puntos de vista, al igual que tener la oportunidad, no brindada hasta ahora, de poder ver la interesante colección de todos los bocetos de su obra pública.

Es precisamente en el apartado de la escultura pública en el que Buciños se ha convertido en un referente en Galicia desde que a comienzos de los años setenta del pasado siglo, se suma al movimiento de otros creadores que, aunque cada uno desde posiciones diferentes, rompen con el concepto tradicional de monumento conmemorativo para incorporarse a las nuevas tendencias ya extendidas por Europa. Trabajará intensamente en este campo a lo largo de toda su carrera defendiendo la calidad como principio esencial que debería regir este tipo de encargo, que estaría avalado por una doble responsabilidad, la del artista y la del cliente. Al primero corresponde el rigor técnico y formal y al segundo, representante de los ciudadanos en la mayoría de los casos, imponer el concurso público avalado por expertos independientes para la elección final. 

En 1970 el escultor realizó su primer monumento público. Se trata de una obra dedicada al Beato Aparicio (A Gudiña). Este discreto monumento no solo supone su inicio en este tipo de escultura si no también la despedida de las formas autóctonas seculares que aún había en su escultura.

Así, cuando en 1971 gana el concurso convocado por el ayuntamiento de Nogueira de Ramuín para elegirle un monumento Al Afilador, el artista opta ya por convertir la oquedad en protagonista de la obra y establecer uno de los rasgos que lo va a identificar en lo sucesivo, pues, aún hoy le fascina por permitirle lograr formas más etéreas y también la complicidad del espectador “llenando” esas oquedades según sus propias palabras.

Pocos años después, en 1981, con una técnica más depurada realiza para Pontevedra una escultura de Castelao, que le produce gran satisfacción. Al logrado retrato del galleguista suma un acentuado movimiento, llegando a ser encrespado en su indumentaria lo que le permite jugar con diferentes matices de luz. Si este monumento a Castelao le produjo satisfacción, el dedicado al Emigrante en A Lama (Pontevedra) le proporcionó más de una decepción ya que desde que se erigió su historia está llena de vicisitudes. Primero fue desubicada pues había sido concebida para un entorno urbano y marino como era el puerto de la ciudad de Vigo, después una vez instalada en A Lama en un paraje solitario fueron robando algunas de las figuras, apareciendo una de ellas descuartizada y preparada para fundir. Actualmente solo una permanece en el lugar tendiendo la mano para que alguien la salve de ese naufragio de tierra adentro.

Compensan estos sinsabores al artista el saber que se cuentan por decenas los lugares que poseen una obra suya para disfrute de los viandantes. El último encargo que realizó fue un grupo de bronce para la ciudad de Vigo que transmite la serenidad alcanzada por el escultor en estos últimos años.

Aunque Buciños se siente a gusto trabajando diferentes materiales como la madera o la piedra, es el bronce el que quizás más predomina en su obra y el que le ha permitido llegar a fórmulas propias. Después de interesarse por su proceso en fundiciones ajenas y adquirir ciertos conocimientos, fue poniendo por su parte mucha intuición como logró montar una fundición en su pueblo natal de Buciños que funcionaba con el carbón que el mismo hacía con la leña de sus propios carballos. Más tarde, después de un largo recorrido de experimentación e indagación en el campo de la fundición en bronce, descubrió que la cera resultaba más maleable que el barro y que modelando directamente sobre ella permite una textura y una minuciosidad que en el barro llega a perderse. Hoy se siente orgulloso de ser un artesano en la fundición.

Buciños siempre ansió alcanzar un estilo propio, sin sobresaltos, que le permitiera que su obra fuese reconocida sin “necesidad de firma“. Así la oquedad, la ligereza de las formas y ese movimiento de tendencia descendente que definen sus obras añade una temática muy personal en que la protagonista es siempre la figura humana en grupo o individual: grupos familiares, maternidades, mujeres y niños. Llama la atención en el tratamiento que da a estos últimos en el que se aprecia un agudo sentido de la observación de la figura infantil en su alegría y movimientos. Mientras que en los grupos es la propia fluidez de las formas la que define su movimiento. Todos estos temas nos dan cuenta de la inagotable capacidad del escultor para su interpretación y también son prueba inequívoca de su talento.

Para concluir, ante la imposibilidad de enumerar en un espacio tan reducido su larga trayectoria y la larga lista de reconocimientos y obras que por sí solas merecería una referencia especial, solo resta decir que Manuel Buciños después de más de medio siglo de trabajo y esfuerzo constante ha alcanzado un estilo en que no hay contradicción ni arrepentimiento sino la conciliación entre las nuevas concepciones y su propia personalidad.