La mujer en la escultura pública

El erigir una estatua requiere huir del entusiasmo del primer momento y del interés partidista, porque con frecuencia conduce a levantar obras carentes de valor y de criterio, que se pueden ensalzar a lo grande a quiénes distan de merecerlo y olvidar a los dignos de ello. Por lo tanto, para homenajear en igualdad solo es necesario un arte sin ideologías ni etiquetas en el que únicamente medien los méritos de la persona y la calidad técnica y estética de la obra a erigir.

En el siglo XIX los románticos afirmaban que es tarea de las naciones la exaltación de los mejores y sus virtudes. El medio más frecuente para este reconocimiento era, ya desde la antigüedad, el dedicarle una estatua. Por la visibilidad que este tipo de homenaje tenía a los ojos de la ciudadanía no era extraño apreciar en ocasiones un trasfondo de interés que llevaban al pedestal a personajes efímeros o inadecuados, dejando en el olvido a otros más merecedores. En este grupo de los olvidados estaban las mujeres, aunque por razones diferentes a las de los varones, ellas en contadísimas ocasiones llegaron al pedestal porque sus méritos y logros resultaban invisibles para la sociedad. Por eso su presencia en este tipo de escultura queda relegada a papeles secundarios, anónimos o meramente decorativos que les permiten hacer de contrapunto a la ausencia de homenajes personales  alcanzando en ocasiones una interesante calidad artística.

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A finales del siglo XX, a medida que la escultura abstracta y la meramente decorativa van tomando la calle, surge un nuevo concepto de escultura urbana. Los roles masculino y femenino se diluyen y los homenajes individuales pierden importancia en cuanto a número y tamaño, pero siguen manteniendo preferencia por los protagonistas masculinos.

El tratamiento dado a la mujer en la escultura ourensana, al margen de número y calidad, sigue los mismos pasos que en el resto del país. Hay que subrayar a su favor que fue la primera provincia gallega que erigió una estatua a una mujer, se trata de la de Concepción Arenal obra del escultor Aniceto Marinas. Los autores de la iniciativa fueron dos abogados y también periodistas del diario El Derecho. En 1892 la escritora en una carta dirigida a uno de los promotores rechaza la idea. A pesar de ello se seguirá adelante, aunque por diferentes motivos el monumento no se inaugura hasta 1898 cuando ya había fallecido la homenajeada. Esta iniciativa que parecía un buen comienzo no pasó de ahí y en los ciento veinte años transcurridos desde entonces, no llega a media docena las mujeres que recibieron tal distinción a título nominal.

En los años treinta los vecinos de O Carballiño inauguran un monumento a los hermanos Prieto como reconocimiento a su filantropía, en él, el busto de Adelaida Prieto es colocado en igualdad con sus tres hermanos varones. En 1988 la misma villa de O Carballiño dedica un busto a Emilia Pardo Bazán que pasaba temporadas en el pazo de Banga, propiedad de su marido José Quiroga y que sirvió de inspiración para su obra Los pazos de Ulloa. El busto se debe al escultor Acisclo Manzano que lleva al bronce, conjugando diferentes pulidos, una nueva concepción del retrato que en el elimina la multifacialidad y deja solo un punto de vista frontal.

Un año más tarde se le encarga en la capital al mismo escultor un relieve de hierro para recordar a Calpurnia Abana, considerada la primera vecina de la ciudad por ser su nombre, grabado en una lápida, el primero del que se tiene noticias.

Casi veinte años más tarde, el escultor limiano Xosé Carreira esculpe para Cualedro una efigie de Marina Cuquejo que había desempeñado el cargo de alcaldesa de este municipio durante veintisiete años. Poco tiempo después, el pintor Manuel Penin realiza la obra Torre do Baño en recuerdo de Obdulia Díaz y su hija, que durante muchos años cuidaron niños de los ambientes más marginales de la ciudad.

El trabajo de la mujer campesina ha servido de tema de inspiración a varios murales de gran tamaño. El primero de ellos lo realizó Failde en piedra en 1962 para el pabellón de Ourense de la Feria de Campo de Madrid. Hoy se encuentra en los jardines de Los Remedios de nuestra ciudad. En la temática de sus dos caras las mujeres se afanan en las tareas agrícolas y ganaderas, codo con codo, con los hombres. En cada una de estas caras el escultor trata el tema de la mujer campesina con un estilo diferente, en una sometiéndose a la estética y la escala oficial y en la otra, manteniendo la ingenuidad y la personalidad de sus mejores obras, concibiéndolas en pequeñas escenas independientes llenas de vida.

El pintor Virxilio también realizó para las áreas de descanso de Cachamuiña y Verea varios murales que se inspiran en la mujer del campo, pero desde un prisma más idílico en el que los colores vivos y planos, los perfiles de gruesos trazos negros y la exuberante vegetación, además de emparentarlos con una de las etapas más interesantes del pintor, los llena de optimismo. Hoy estos murales han desaparecido por la utilización de un material inadecuado para nuestro clima como es el azulejo, pero también por la desidia y el abandono.

A finales del siglo XX se intenta acercar la escultura al ciudadano, para ello “se baja del pedestal”, se reduce la escala, se mezcla con los viandantes y se buscan tipos populares. Aquí, en Ourense, las figuras de A Leiteira y A Castañeira fueron de las primeras en cumplir con estos requisitos. Plenamente aceptadas se han convertido en personajes muy populares. La primera se debe a Ramón Conde y la segunda a Xosé Cid y aunque sus autores no tienen nada en común en cuanto a sus estilos, en estas obras ambos supieron renunciar a sus rasgos más personales y optar por un realismo en el que prima el detalle y lo anecdótico, para crear estas dos auténticas mujeres que pocos años atrás aún recorrían las calles de la ciudad.