La Natividad en los retablos de los monasterios ourensanos

Los pueblos prerromanos celebran los días 24 y 25 de diciembre, coincidiendo con el solsticio de invierno, la llegada del nuevo sol. Posteriormente los romanos, por las mismas fechas, festejaban el Natalis Solis Invicti (Nacimiento del Sol Invencible), un culto muy popular y extendido.

Los cristianos hasta el siglo III d.c. no se habían planteado la posibilidad de celebrar el nacimiento de Cristo. Cuando comenzó a hacerse patente este deseo por parte de algunos, el Papa Fabián(236-250 d.c.) los tachó de sacrílegos por pretender tal cosa. Será en el siglo siguiente cuando se fije la fecha del 24 de diciembre como definitiva para celebrar el natalicio de Jesús. La elección de la fecha creó discrepancias antes y después de su establecimiento, ya que, los evangelios, principal fuente de inspiración e información, apenas dan noticias del acontecimiento y solo Lucas y Mateo hacen algunas referencias que en ocasiones son contradictorias entre ellas. El debate se ha prolongado a los largo de los siglos tanto por parte de teólogos como de historiadores.

Son los conocidos como evangelios apócrifos o falsos evangelios los que van a dar más información sobre este hecho tan transcendental y por tanto a ellos van a recurrir con frecuencia los artistas como fuente de inspiración para los temas de la infancia de Jesús con es la Natividad. En un principio esta festividad tuvo un carácter humilde y rural, pero a partir del siglo VIII d.c. comenzó a celebrarse con más boato litúrgico a la vez que iba incorporándose paulatinamente a la iconografía cristiana.

En Galicia el tema de la Natividad adquiere su mayor esplendor  a partir de finales del siglo XVI y durante todo el Barroco, pues coincide con el momento de las grandes reformas de los monasterios gallegos, a las que va pareja la construcción de nuevos retablos. Estos tendrían una iconografía que aúna el espíritu contrarreformista de la iglesia católica, la cual encontró en el culto a las imágenes un medio de enseñanza y fervor, con el dramatismo, exuberancia y riqueza del Barroco, dando así lugar a una de las etapas más ricas y brillantes de la escultura gallega.

En Ourense, los monasterios de Xunqueira de Espadañedo, San Esteban de Ribas do Sil, Montederramo y Celanova han esculpido el tema de la Natividad en sus retablos mayores, mientras que en Oseira, hoy, solo lo encontramos en una pintura mural de la iglesia y en un relieve de la fachada principal, ambos aludiendo a un pasaje de la vida de San Bernardo: Sueño de Navidad.

En las últimas décadas del siglo XVI, el escultor leonés Juan de Angés el Mozo formado en el manierismo de la escultura castellana, llega a Ourense para hacerse cargo de la ejecución de la sillería del coro de la catedral. Esto permitió que su obra fuese conocida más de cerca por los monasterios ourensanos que comenzaban a reformarse y ampliarse. Fruto de estas circunstancias los estudiosos han querido ver su mano y la de su taller en el retablo mayor del monasterio cisterciense de Xunqueira de Ambia. En él, la Adoración de los Pastores ocupa el primer cuerpo de una de las calles laterales. Se trata de una escena amable que a la presencia de los pastores, recogida en el Evangelio de Lucas, añade la del asno y el buey, figuras procedentes de los evangelios apócrifos. Desde el punto de vista formal, aunque se trata de una obra a tener en cuenta en el manierismo ourensano, no hay que olvidar, como escribe Miguel Ángel García, que la intervención de taller y la policromía posterior del siglo XVIII  han contribuido a restarle calidad.

En 1593 los monjes benedictinos del monasterio de San Esteban de Ribas do Sil, encargan al escultor Juan de Angés el Mozo la realización del retablo mayor de su iglesia. De mayor envergadura y calidad que el de Xunqueira de Espadañedo y también, al contrario de lo que sucedía en él, aquí, en San Esteban, toda la obra está reforzada por una adecuada policromía que se debe al pintor portugués Manuel de Arnao. La Adoración de los Pastores, que es uno de los temas que el escultor dedica a la infancia de Cristo, se aleja de la de Xunqueira de Espadañedo no solo en la ejecución más esmerada sino también en un mayor clasicismo y en una diferente interpretación espacial.

Cuando en 1959 se desmonta el retablo mayor de la iglesia del monasterio de Montederramo, para evitar su desplome a causa de los daños originados por la humedad, eran pocos los que creían que volvería a ocupar su lugar. Sin embargo, después de medio siglo y una profunda restauración, hoy luce de nuevo en el antiguo templo cisterciense. Este retablo había sido encargado hacia 1662 al escultor coruñés Mateo de Prado, que se había iniciado en la escuela castellana, próximo a Gregorio Fernández fue el introductor de su estilo en Galicia, rompiendo con los vestigios marienistas que quedaban. Mateo de Prado ejecuta en Montederramo una de sus obras más importantes. Para ello contó con la colaboración de los Cabrera, retablistas entalladores que trazaron el retablo. Desde el punto de vista iconográfico reserva las calles laterales para temas de los evangelios y de la infancia de Jesús, en este último apartado vuelve a estar presente, al igual que otros ejemplos ya vistos, La Adoración de los Pastores. Se trata de un relieve abigarrado  de figuras en el que algunas de ellas aparecen ajenas al hecho transcendental que acontece en la mitad inferior de la composición. Todos ellas adoptan posturas y gestos efectistas propios del Barroco al igual que el tratamiento de las telas sobre todo las de las túnicas de José y María de talla vigorosa y de amplios y angulosos pliegues, muy en la línea de Gregorio Fernández.

Por último, fuera ya del ámbito de la Ribeira Sacra, el monasterio benedictino de Celanova en su retablo mayor, una obra grandiosa de finales del siglo XVII, también dedica uno de sus relieves al natalicio de Jesús, compartiendo espacio en la parte superior del conjunto con otras escenas de la infancia de Jesús: la Circuncisión y la Epifanía. Su autor concibe la escena resaltando con nitidez, en el centro de la composición, la Sagrada Familia acompañada del asno y del buey, mientras, unos ángeles adoran al Niño y otros, en la parte superior, portan una filacteria. La obra, aunque documentalmente  no se conoce su autor, es atribuida al escultor leonés Francisco Castro Canseco no solo por las coincidencias formales  como el tratamiento de las telas, la concepción de las escenas o la apoteosis barroca de todo el conjunto, sino también porque sus datos biográficos lo sitúan, por estas fechas,  muy próximo a este monasterio para el que realiza varias obras de las que si nos consta su autoría.