Xurxo Oro Claro en el nuevo milenio

A lo largo  de los años Xurxo Oro Claro ha trabajado y evolucionado en el campo de la escultura hasta llegar a alcanzar un puesto de referencia en el arte gallego contemporáneo. Se trata de un artista versátil y receptivo pero, por su formación autodidacta, evita ataduras y pone filtros para que lo formal no altere lo esencial de su mensaje, ni le obligue a renunciar a su parte más intimista. Así ha logrado mantener una profunda entidad entre su pensamiento y la propia creación artística.

El escultor, a pesar del tiempo transcurrido mantiene su Yo interior lleno de preguntas. El Yo que en sus primeros años, en el afán de búsqueda, le producía insatisfacción, hoy persevera en esa misma inquietud pero guiada por otros derroteros más pausados, fruto del aprendizaje y de la experiencia que supo extraer de sus propias vivencias.

Al acabar el siglo Oro Claro hace un guiño al nuevo milenio desprendiéndose de aquel expresionismo visceral y agresivo que tanto le había ayudado a encauzar los rasgos más extremos  de su carácter  artístico y a liberar sus propios fantasmas. Ahora opta por seguir el camino ya iniciado de un trabajo más conceptual, más racional, más pensado que no sea fruto de apasionamientos ni de modas efímeras.

No obstante, en su larga trayectoria prima más la evolución que las rupturas y aunque ahora añade un lenguaje visual nuevo, no impide que entre sus obras siempre se puedan establecer conexiones y tender puentes.

La pintura queda atrás y se centra en su vocación de escultor a la que se entrega a tiempo total. Asume que el conocimiento del material no solo deja plasmar el aspecto formal deseado de la obra, sino que permite ir más allá y que cabe una reflexión ante lo expuesto que obligue al público, en presencia de la obra, a un trabajo más intelectualizado, pues esta no busca solo el deleite estético, sino también que se convierte en instrumento de denuncia y reflexión.

Galería de imágenes

Transcurrida la primera década del nuevo siglo y después de una inmersión del artista en  nuevas tendencias, pero siempre desde una óptica autodidacta que le permite trabajar con una visión propia, ven la luz dos grandes exposiciones que conforman la síntesis final de su obra escultórica hasta la fecha de hoy. Bosque 3050 y Muro, ambas, después de una fase previa de investigación y meditación por parte del artista antes de convertirse en exposiciónes, han abierto un nuevo camino en el que a los tiempos plásticos hay que añadir otros desafíos como nuevos materiales o un activismo social.

La exposición Bosque 3050 fue concebida para ser instalada en la iglesia de Santo Domingo de Bonaval (Santiago). Se trata de un lecho de cantos rodados del que brotan treinta y ocho árboles de acero inoxidable, con el alma de madera de acacia, que predetermina la forma de cada escultura a la vez que se convierte en un mensaje oculto. La exposición sobrepasa el lenguaje estrictamente artístico para añadir una dimensión de espiritualidad que aporta la elección de la gótica iglesia de Bonaval y más tarde la sala capitular y el scriptorium del monasterio de Oseira a donde fue trasladada.

Al no tener una estructura predeterminada se adapta a cada uno de los espacios. En ambos lugares los árboles se integran llegando a apropiarse del entorno y creando un diálogo entre arquitectura y escultura de gran interés, como sucedió en la sala capitular de Oseira, donde entre las pétreas palmeras monásticas fluye un bosque de árboles vibrantes y luminosos.

Muro (2016), instalada en el museo de El Pueblo Gallego en Santiago, fue la exposición que marca el otro gran hito en la última etapa de la obra de Oro Claro. Nacida de una larga reflexión sobre los nuevos éxodos que afectan a Europa causados por las guerras, el hambre o las ideologías. El escultor venía trabajando en ella  desde algún tiempo atrás. En la exposición de la Fundación Granell de 2016 ya nos encontramos con obras como Maldita Europa que nos anticipa por donde transcurren las sensibilidades del artista.

En Muro se puede decir que Oro Claro lleva más allá su grito de atención y valiéndose de materiales como el acero inoxidable, el yeso, el látex o la cinta americana crea unos espacios asfixiantes en los que los cuerpos inermes o momificados se amontonan, cuelgan o se encierran. Todo transmite dolor, pesimismo y olvido. Estas sensaciones claustrofóbicas y de frustración dan paso, en una de las paredes del espacio expositivo, a la instalación Camino 2 que recoge en unas planchas de acero de más de seis metros sus propias huellas y su mundo personal en clave simbólica.

Si en los últimos años del siglo XX el escultor había optado por obras conceptuales más frías y había logrado imponer el predominio de la razón sobre los sentimientos y su fluir interior, ahora, ya adentrados en el nuevo milenio, la denuncia social, la naturaleza y la armonía con el pasado artístico se van imponiendo, abriendo un nuevo camino por el que el artista ya ha empezado a transitar pisando fuerte.