El afilador en la escultura ourensana

El oficio de afilador, que con frecuencia lleva también aparejado el de paragüero, era típico de Galicia. Sin embargo la tradición ha querido que al hablar de ellos sea hacerlo de Ourense y más en concreto de Nogueira de Ramuin, porque fueron los que procedían de este ayuntamiento los que se convirtieron en el prototipo de esta profesión errante. El afilador con su rueda de afilar, su cajón de herramientas y su chifre para anunciar su llegada, recorría los caminos durante meses y solo en contadas ocasiones le acompañaba algún aprendiz. La soledad, las largas ausencias del hogar y los vínculos de la tierra, estableció entre ellos una solidaridad e incluso un argot propio, el barallete, sobre el que el erudito Ben-cho-Shey realizó varios estudios.

La figura del afilador a lo largo de los siglos siempre despertó el interés de artistas y escritores, por lo que pronto entró a formar parte del tipismo y lo folclórico de nuestra región. Así lo demuestra, ya en el siglo XVII, el excelente cuadro de El Afilador (Museo de Leningrado) que pintó el artista ourensano Antonio Puga. Todos ellos, artistas y pintores, nos han dejado un rico muestrario que ayuda a perpetuar el conocimiento de unas profesiones con unas maneras de vida ya extinguidas pero que forman parte de nuestro pasado aún reciente.

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Ourense, haciendo gala de ser tierra de afiladores, les ha erigido varias esculturas a lo largo del siglo XX. La primera iniciativa surge en 1957 cuando RENFE encarga al escultor ourensano Antonio Faílde dos pequeños grupos escultóricos  en piedra para adornar los jardines de la nueva estación de San Francisco. Ambos grupos son análogos en cuanto a técnica, tamaño y material. El afilador lo representa trabajando mientras es observado por la atenta mirada de dos chiquillos. En el grupo del paragüero, más estático que el anterior, este aparece sentado bajo un gran paraguas con la zafra, pequeño yunque, entre las piernas y un aprendiz a su lado.

Es lamentable que no podamos apreciar esa ingenuidad y la humilde belleza que el escultor era capaz de proyectar sobre la piedra, pero resulta imposible hacer cualquier comentario artístico sobre ellos debido a las mutilaciones que sufrieron a lo largo de muchos años, fruto del abandono y la desidia de quién los debía custodiar frente al vandalismo urbano y otros elementos adversos.

Hoy los dos grupos escultóricos han sido rescatados y colocados en un pequeño jardín próximo a la estación, pero algunos daños ya son irreparables porque al ser decapitados el afilador y dos de los niños y desaparecer sus cabezas, hubo que recurrir a otro escultor para restaurarlos al no vivir ya su autor.

Antonio Faílde retomará de nuevo el tema del afilador cuando la Cámara Oficial Sindical Agraria de Ourense le encarga en 1960, un mural para el pabellón que había instalado en la Feria del Campo de Madrid, y que hoy se halla ubicado en un jardín ourensano. En él, el afilador es un protagonista más de los que pueblan la cara principal de la obra exaltando los trabajos del rural en la provincia. El aspecto formal de este afilador difiere de los anteriores, su estilo es más depurado y menos espontáneo.

En 1971 el Ayuntamiento de Nogueira de Ramuin subasta la obras de acondicionamiento de una plaza en Luintra para erigir en ella un monumento Al Afilador. Para ello abre un concurso de presentación de maquetas al que concurren tres artistas, entre ellos Buciños que será el ganador. El escultor en estos años estaba iniciando su andadura en la escultura pública, esta era su segunda obra. El proyecto contó con un presupuesto de cuatrocientas mil pesetas. Buciños lo había concebido en bronce con un pedestal  de piedra decorado con relieves alegóricos de los diversos útiles del afilador en bronce, al final estos no llegaron a plasmarse en el modelo definitivo. El afilador es captado trabajando, encorvado sobre la rueda de gran realismo. No falta en su vestimenta la amplia camisola y la boina que llegaron a convertirse en signos de identidad. El tipismo lo da más el tema que la forma porque aquí Buciños se esfuerza en prescindir de todo detalle superfluo y busca un estilo más contemporáneo, aunque aún incipiente se percibe ya en la forma de tratar el bronce, sobre todo en la figura del afilador, con oquedades e insinuaciones jugando con las curvas. En este momento la obra supuso una ruptura con lo que se venía haciendo en escultura pública y se convirtió en ejemplo más innovador de la provincia.

Xosé Cid será otro de los escultores ourensanos que cuenta en su haber con dos piezas dedicadas al afilador. La primera, aunque no se encuentra en nuestra provincia sino en Santiago, tiene mucho de ourensana porque fue un grupo de ourensanos quién la promovió en los años setenta y el ayuntamiento de nuestra ciudad contribuyó económicamente, junto con el de Santiago, a que llegara a buen término. El artista se inspira en modelos tradicionales aunque no entra en el detalle. La obra, de pequeñas dimensiones, remite a las esculturas de Faílde.

Después de más de veinte años, Xosé Cid recibiría el encargo del Ayuntamiento y de la Diputación para realizar una escultura para una de las calles de la ciudad. El escultor va a traer de nuevo al umbral del siglo XXI, cuando el oficio ya ha desaparecido, la figura del afilador. Esta es representada en el momento en que en compañía de su rueda anuncia su presencia haciendo sonar chifre. La obra de Santiago y esta nada tienen en común si exceptuamos el tema. El tiempo transcurrido entra ambas ha sido mucho y Xosé Cid, en este momento, es ya un artista consolidado que ha tendido hacia una neofiguración en la que, sin perder su gusto por el volumen que le caracteriza, las formas se hacen más dinámicas y contribuye a ello la manera de combinar los pulidos de la piedra y sobre todo esas curvas sinuosas tan características en su obra.

La mirada que cada uno de estos escultores ha dirigido a la figura del afilador es diferente, sin embargo, no hay duda en reconocer que con sus aportaciones han permitido incorporar a nuestra escultura pública una figura tan significativa y entrañable como es la del afilador.