Nadal en la catedral de Ourense

Más de un cuarto de siglo lleva la escultora orensana Maite Vázquez modelando en barro, figura a figura, las casi treinta piezas que integran el Belén que se expone en la catedral y que la propia artista instala por estas fechas en la capilla de Santa Rita. Apasionada de las telas la escultora creaun entorno singular para él con antiguas capas ornamentales que conserva el templo y que, en esta ocasión, en lugar de crear un conflicto de adaptación entre el candor de las piezas y las ricas telas, como se podía pensar, sirven para realzar las bondades de esta obra. A todo esto suma un telón de fondo pintado por ella misma en el que el motivo central, la brillante estrella, se ve custodiado por temas tan navideños y populares como el campanario, el bosque o la noche estrellada, concebido como si se tratase de una gigantesca tarjeta navideña.

En este escenario, a las primeras figuras y grupos de la tradición belenista como son el Portal, la Anunciación de la Virgen, la Epifanía, el Sueño de José, la Anunciación a los pastores o la Huida a Egipto, se han ido añadiendo en los últimos años, las figuras de los santos más representativos de la diócesis ourensana: San Martín, Santa Eufemia, San Rosendo, Santa Mariña de Augas Santas, San Francisco Blanco o San Sebastián Aparicio entre otros. Esto le confiere cierta originalidad sin desvirtuar el concepto tradicional y manteniendo, además, todas las figuras entre si la coherencia estilística fruto del proceso de unidad que Maite Vázquez había concebido desde el momento en que realiza las primeras piezas. Aunque todas las figuras tienen su propio protagonismo y su propia individualidad, en todas ellas incide la sencillez, el deseo de remitirnos a lo cotidiano, a lo rural, no se trata de personajes divinos, ni se pretende trasladar al espectador al Belén de Judea, ni al retablo de una catedral; por el contrario, lo que se pretende es que el Niño nazca en nuestra tierra, entre nuestra gente.

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Maite Vázquez es una artista polifacética con muchos años de experiencia tanto en el campo de la pintura como en el de la escultura.  En este último la temática religiosa ocupa el apartado más importante. Dentro de ella los belenes son muy demandados, porque cuando la artista trabaja con el tema belenista los matices y las interpretaciones se vuelven más amplias y más libres, llegando a apreciarse al menos dos grupos perfectamente diferenciados.  El primero, en el que estaría el Belén de la catedral de Ourense, aparece más ligado a la iconografía religiosa con connotaciones de nuestro pasado, románico y barroco, a él Maite Vázquez añade un populismo también tomado esencialmente del pasado, pero una vez que ha sido depurado por su propia realidad, que se basa en la visión, interpretación y sentimientos que desde niña va acumulando de lo que ve en tantos retablos de las pequeñas iglesias de las aldeas gallegas.  En este grupo que tiene también como característica formal un cierto tamaño, el número de ejemplares es reducido, variando considerablemente de unos a otros el numero de piezas que lo integran.  El ejemplo más interesante es el que hoy nos ocupa.  El segundo grupo de belenes, mucho más amplio en número y más reducido en tamaño, lo forman aquellos realizados en un estilo que mezcla lo naïf con todo su primitivismo y sus propias observaciones del entorno rural gallego al que se siente ligada.  Tanto uno como el otro tienen en común que sus protagonistas no se inspiran, como ya hemos dicho,  en personajes divinos, sino en sencillos campesinos a los que su bondad le pone el halo de santidad

Ella supo crear, en las piezas de la catedral de Ourense, una obra llena de personalidad en la que combina esas primeras fuentes de inspiración basadas en el románico y el barroco, dos de los estilos que más vestigios han dejado en nuestra provincia, con la suma de otros procesos en los que lo popular y su propia imaginación contribuyen a crear unas figuras llenas de ternura y lirismo no exentas también de un carácter artesanal que acentúa la percepción de un cierto intimismo. Los santos beben directamente en las iconografías más populares de nuestras iglesias y conventos.

La escultora ha realizado en esta obra una interesante revisión del pasado iconográfico, observándolo y desmenuzando la realidad desde atalayas distintas a las convencionales y añadiendo unas semblanzas costumbristas a los personajes que satisfacen su deseo de que las figuras se comporten como seres vivos capaces de transmitir y poner de manifiesto todos los mensajes de fraternidad, sentimentalismo o devoción que persigue este tipo de obra.

Desde el punto de vista técnico, conviene llamar la atención sobre la importancia de la policromía en la que no existe un solo tono que no haya tenido en cuenta los colores de nuestra imaginaría popular: rosas, azules y rojos, entre otros.  De todos ellos, los rosas de las carnaciones merecen una atención especial.  El gusto por el volumen, las formas redondeadas y la utilización de un canon reducido, son algunos de los rasgos más destacados que subrayan la personalidad del conjunto que bien merece una visita en fechas tan señaladas como estas.