El sepulcro del obispo desconocido de la catedral de Ourense

El sepulcro humilde o lujosos no solo era, en la cultura cristiana, la morada para el cuerpo hasta el día de la resurrección de la carne, sino también una lección de historia que nos permitía acercarnos a la vida y a la sociedad a la que había pertenecido el difunto y completar la visión de la época, a la vez, que enriquecía nuestro patrimonio artístico.

En la actualidad, los cambios en los ritos y costumbres en torno a la muerte hacen que la desaparición de la escultura funeraria no tenga vuelta atrás, todo ello como consecuencia de las transformaciones sociales y económicas a las que hay que sumar el consumismo, el gusto por lo efímero o algunas modas fruto de la globalización.

A modo de reflexión, nos vamos a adentrar en la escultura funeraria de la Edad Media a través del Sepulcro del obispo desconocido que alberga la catedral de Ourense en su Capilla Mayor. Se trata de una elaborada tumba gótica que nos proporciona valiosa información sobre las exequias fúnebres de los dignatarios eclesiásticos. Se desconoce su destinatario aunque existen varias hipótesis sobre su identidad. También se ignora la fecha de ejecución  aunque, teniendo en cuenta ciertas características estilísticas, se puede datar en el primer tercio del siglo XIV, fue este un siglo difícil por las hambres y epidemias que lo asolaron. Por ello, frente al anonimato de la muerte surge la necesidad de la individualización, lo que hizo que los claustros y las iglesias se llenasen de monumentos funerarios de todo tipo, ya que el deseo tanto de los nobles como de los dignatarios eclesiásticos era estar presentes en la memoria de los vivos.

La escena esculpida evoca en la parte inferior el cortejo fúnebre que, con toda  la pompa episcopal, relata alguna de las costumbres de los enterramientos de los grandes prelados en la Edad Media. En la parte superior muestra el Juicio Final.

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En el centro del nivel inferior o zona terrenal, se halla el sarcófago del obispo decorado con tracería y temas heráldicos y apoyado en tres leones. Sobre él la figura yacente del obispo vestido pontifical, con casulla amplia y surcada de pliegues, va tocado con la mitra y en la mano izquierda sujeta el báculo que remata con un tema decorativo en el que se aprecia la cabeza de un ángel entre follaje. La cabeza del prelado descansa sobre tres almohadones. A continuación, un séquito de más de una veintena de figuras que representan a obispos , monjes canónigos y servidores, unos  siguen los rezos en misales, mientras otros portan cruces procesionales, báculos o hisopos. Son estos objetos litúrgicos los que introducen cierto realismo pero sometido al orden ceremonial. Estas figuras, igual que otras que veremos posteriormente, siguen un mismo esquema básico por lo que resultan repetitivas.

El nivel superior o zona celestial, se corresponde con el Juicio Final. Este acoge en el centro, bajo un arco decorado con ángeles  turiferarios y con cirios, a la Virgen que a su vez también está custodiada por ángeles. Ella sería la mediadora entre el difunto, cuya alma es conducida por dos ángeles desde la clave del arco, y el Todopoderoso que aparece entronizado en actitud de bendecir. Mientras, los bienaventurados salen de sus sepulcros y se encaminan también a su presencia, acompañados por ángeles que esparcen incienso, tocan la trompeta o portan cirios.

El monumento remata, a modo de cornisa, con una cenefa de estrellas de seis puntas inscritas en círculos. El sol y la luna tan unidos a la Crucifixión de Cristo, aparecen aquí sobre la cabeza de la Virgen y al lado del Todopoderoso respectivamente.

Aunque nada sabemos del artífice de esta interesante obra, si podemos decir que delata un talento singular y a un artista con oficio ya que la escena forma un conjunto complejo pero acertadamente ordenado, siguiendo las exigencias de la época en este tipo de temática pero que no nos impide apreciar su capacidad narrativa. El desconocimiento de su identidad no es óbice para adscribirlo estilísticamente a una tradición escultórica ourensana a la que también estarían ligados otros sepulcros existentes en la misma catedral como los de la familia Noboa o el de la Infantina.

La monumentalidad del sepulcro, la abundante labor plástica y la teatralidad religiosa con que está concebido, debieron de causar una profunda impresión en el pequeño Ourense medieval, por lo que sorprende que no se tengan noticias más concretas sobre este monumento funerario.